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El editorial sostiene que los operativos de control al transporte público deberían ser una práctica permanente y no un hecho excepcional.Como punto de partida, destaca un operativo sorpresa en el que fueron sancionadas 25 unidades de transporte por incumplir la normativa, señalando que esta cifra representa un avance frente a una realidad marcada durante años por la corrupción.
Según el texto, las llamadas “mordidas” han permitido que algunos transportistas operen con conductores sin la preparación adecuada, obtengan licencias de manera irregular y descuiden el mantenimiento de los vehículos, aumentando el riesgo de accidentes que han afectado a miles de familias guatemaltecas.
El editorial afirma que estas prácticas no solo involucran a algunos transportistas, sino también a funcionarios y mandos superiores que habrían tolerado o promovido esquemas de corrupción.
En ese contexto, considera que la aplicación de sanciones rompe con una cultura de impunidad en la que los controles terminaban convirtiéndose en oportunidades para recibir sobornos.
Asimismo, hace un llamado a mantener inspecciones constantes, transparentes y libres de corrupción en todas las rutas del país para fortalecer la prevención de accidentes y obligar a los operadores del transporte colectivo a cumplir la ley.
Aunque reconoce que 25 sanciones representan un número reducido frente a la magnitud del problema, concluye que este tipo de acciones puede marcar el inicio de un cambio si las autoridades mantienen el compromiso con la legalidad y evitan el regreso de las prácticas tradicionales de corrupción.
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