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La selección de Marruecos ha protagonizado un hecho sin precedentes en la historia de los Mundiales al alinear a once futbolistas que no han nacido en el país al que representan.
Este dato, que ha llamado la atención del mundo del fútbol, refleja una tendencia creciente en la construcción de selecciones nacionales basadas en la diáspora y en jugadores formados en academias extranjeras de alto nivel.
En el equipo marroquí aparecieron futbolistas nacidos en distintos países como España, Francia, Bélgica, Países Bajos o Canadá, entre ellos nombres destacados como Achraf Hakimi, nacido en Madrid, Yassine Bono, originario de Montreal, o Noussair Mazraoui, formado en los Países Bajos.
Esta diversidad geográfica pone de manifiesto la estrategia de la federación marroquí, que lleva años reforzando sus vínculos con las comunidades emigrantes repartidas por Europa y Norteamérica.
El fenómeno no es nuevo en Marruecos, ya que su histórica participación en el Mundial de Catar 2022 ya mostró una fuerte presencia de jugadores nacidos fuera del país.
Sin embargo, en el contexto del Mundial 2026, esta tendencia ha alcanzado un nivel inédito al reunir por primera vez un once completo sin futbolistas nacidos en territorio marroquí.
Este hecho ha reabierto el debate sobre la identidad en el fútbol internacional, donde cada vez es más habitual que las selecciones estén compuestas por jugadores con doble nacionalidad o con vínculos culturales y familiares con el país al que representan.
Más allá de la estadística, el caso de Marruecos refleja cómo el fútbol moderno evoluciona hacia modelos más globalizados, en los que la identidad nacional se construye también a través de la herencia y la pertenencia cultural.
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