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El artículo analiza cómo la economía, a lo largo del siglo XX, se ha ido autonomizando de otras ciencias sociales debido a su creciente matematización y al prestigio académico y político que ha adquirido.
Esto ha llevado a que los economistas tengan una presencia central en ministerios, bancos centrales y medios de comunicación, siendo sus opiniones tomadas como ciencia indiscutible.
Sin embargo, esta autonomía también genera desconexión con la realidad cotidiana de las personas, como se evidencia en debates recientes sobre el salario mínimo en Colombia, donde los análisis técnicos a veces invisibilizan las dificultades reales de quienes viven con ingresos bajos.
El autor propone que los economistas integren perspectivas de la antropología, sociología, historia y ciencia política para entender mejor las formas de vida concretas detrás de los indicadores económicos.
Destaca que los modelos económicos, aunque sofisticados, no sustituyen la comprensión de la experiencia humana y que es necesario reconstruir puentes entre disciplinas para que las políticas públicas consideren tanto los indicadores como las condiciones de vida de las personas.
Esta reflexión es especialmente relevante en campañas electorales donde la voz de las ciencias sociales suele estar ausente y donde se tiende a naturalizar la precariedad existente.
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