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En esta columna de opinión, Rafael Alberto Méndez-Romero reflexiona sobre el impacto duradero de los docentes a partir de la muerte de su amiga y colega Martha Alvarado, reconocida matemática y educadora.
El autor relata cómo, tras su fallecimiento, comenzaron a surgir testimonios de estudiantes de distintas generaciones que no solo destacaban sus conocimientos académicos, sino también su capacidad para acompañar, motivar y reconocer a cada persona en su proceso de aprendizaje.A partir de esta experiencia, el texto plantea una reflexión sobre el sentido profundo de la educación.
Aunque reconoce la importancia de aspectos como la calidad, la innovación, la evaluación o la transformación curricular, sostiene que la dimensión humana del aprendizaje suele quedar relegada.
El autor argumenta que aprender implica emociones como la confianza, el miedo, la curiosidad o la esperanza, y que la forma en que un estudiante es tratado puede marcar su relación con el conocimiento durante años.
La columna cuestiona la idea de que el rigor académico deba estar asociado al sufrimiento o a la dureza, y defiende una educación exigente pero respetuosa, capaz de combinar disciplina, empatía y cuidado.
Según Méndez-Romero, los docentes tienen la responsabilidad de crear experiencias de aprendizaje que fortalezcan la confianza y la dignidad de sus estudiantes.
Como homenaje a Martha Alvarado, el autor destaca que su legado permanece en quienes aprendieron con ella y en quienes compartieron su labor educativa.
Concluye que la verdadera enseñanza trasciende los contenidos y se convierte en una forma de cuidado humano que continúa influyendo mucho después de terminadas las clases.
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